Corazón soldado
Nacemos creyendo.
Esa es la primera tragedia
y también el primer milagro.
Creí en la bondad
como se cree en el sol cuando se es niño:
sin preguntarse nunca
si algún día puede apagarse.
Soñé.
Con ciudades imposibles,
con amores invencibles,
con personas capaces de sostener el alma ajena
sin romperla entre los dedos.
Y después vino la vida.
Vi cómo los sueños se quebraban.
Escuché el sonido exacto
de una ilusión muriendo dentro del pecho.
Sentí el amor convertirse en ausencia,
las palabras quedarse vacías
como casas abandonadas.
Y dolió.
Dolió como si el corazón tuviera huesos
y cada uno se partiera al mismo tiempo.
Pero hay algo que nadie dice
sobre las fracturas:
cuando sanan,
el cuerpo recuerda.
La parte rota vuelve distinta.
Más dura.
Más sabia.
Menos inocente.
Más difícil de engañar.
Y así fui cambiando.
He vivido bajo soles hermosos
y dentro de noches interminables.
He cruzado desiertos
donde el alma se seca lentamente.
He conocido lluvias capaces de borrar nombres.
He habitado la soledad
hasta volverla un idioma.
A veces siento
que he vivido en muchos mundos.
En muchas versiones de mí.
Como si cada dolor hubiera sido una puerta
y cada pérdida,
un país nuevo.
Sigo caminando.
Con más cicatrices que certezas.
Con menos ingenuidad,
pero con un fuego más resistente.
Y en medio de todo esto
todavía me pregunto:
si existirá alguien más
que haya atravesado la tormenta sin volverse vacío.
Alguien que también haya perdido la inocencia
sin perder la capacidad de amar.
Porque después de sobrevivir tantos mundos,
uno ya no busca fuegos artificiales.
Busca una mano firme
capaz de quedarse
cuando llegue el invierno otra vez.
