miércoles, 13 de mayo de 2026

Corazón soldado

9:41

Nacemos creyendo.
Esa es la primera tragedia
y también el primer milagro.


Creí en la bondad
como se cree en el sol cuando se es niño:
sin preguntarse nunca
si algún día puede apagarse.


Soñé.
Con ciudades imposibles,
con amores invencibles,
con personas capaces de sostener el alma ajena
sin romperla entre los dedos.


Y después vino la vida.


Vi cómo los sueños se quebraban.
Escuché el sonido exacto
de una ilusión muriendo dentro del pecho.
Sentí el amor convertirse en ausencia,
las palabras quedarse vacías
como casas abandonadas.


Y dolió.


Dolió como si el corazón tuviera huesos
y cada uno se partiera al mismo tiempo.


Pero hay algo que nadie dice
sobre las fracturas:


cuando sanan,
el cuerpo recuerda.


La parte rota vuelve distinta.
Más dura.
Más sabia.
Menos inocente.
Más difícil de engañar.


Y así fui cambiando.


He vivido bajo soles hermosos
y dentro de noches interminables.
He cruzado desiertos
donde el alma se seca lentamente.
He conocido lluvias capaces de borrar nombres.
He habitado la soledad
hasta volverla un idioma.


A veces siento
que he vivido en muchos mundos.
En muchas versiones de mí.
Como si cada dolor hubiera sido una puerta
y cada pérdida,
un país nuevo.


Sigo caminando.


Con más cicatrices que certezas.
Con menos ingenuidad,
pero con un fuego más resistente.


Y en medio de todo esto
todavía me pregunto:


si existirá alguien más
que haya atravesado la tormenta sin volverse vacío.
Alguien que también haya perdido la inocencia
sin perder la capacidad de amar.


Porque después de sobrevivir tantos mundos,
uno ya no busca fuegos artificiales.


Busca una mano firme
capaz de quedarse
cuando llegue el invierno otra vez.



sábado, 4 de abril de 2026

No pesa

19:53


Tú estuviste ahí
en cada una de mis versiones.
Como un testigo
que no interfiere
pero marca.

Como una constante extraña
en medio de mis cambios.
Te vi desde distintos lugares:
desde la inocencia,
desde el deseo,
desde la herida,
desde la calma.

Y en todos
seguías siendo tú.

A veces pienso
que lo difícil no es soltarte…
es aceptar
que cada vez que lo hago
una parte de mí
deja de existir.

Y que la que nace después
siempre…
siempre
termina encontrando el camino
de regreso a ti.


No porque no pueda irme,
sino porque algo en mí
te reconoce.
Como si mi alma
supiera tu nombre
antes de que yo lo entendiera.

Como si nuestra conexión
no necesitara lógica,
ni promesas,
ni forma.
Solo presencia.

Tengo tu anillo en la mano y no pesa.

Pero a veces siento
que sostiene algo invisible.
Como si dentro de ese círculo
viviera un fragmento de ti.
Y cuando lo giro entre mis dedos
me pregunto…
si tú también sientes esto
cuando no estoy.


Porque cuando te alejas
dudo.
Dudo de todo.
De lo que somos,
de lo que fui,
de si esto vive en ti
o solo en mí.


Pero cuando estás cerca…
no hay dudas.
No hay preguntas.
Solo una certeza tranquila
que no hace ruido:
esto no me lo estoy inventando.

Quizás no somos destino.
Quizás no somos final.
Pero somos algo
que no se rompe
aunque lo intentemos.
Algo que muta,
que cambia de forma,
que sobrevive a nuestras versiones.

Y tal vez
ese es el verdadero problema.
O el verdadero milagro.

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