Estar contigo era como subir a la torre más alta,
mirar desde allí todo lo que alguna vez conocí
y descubrir que las cosas podían parecer distintas
cuando las contemplaba a tu lado.
No sé si era tu grandeza,
la altura,
o simplemente la forma en que yo me sentía
cuando estaba cerca de ti.
Solo sé que a tu lado,
el mundo se siente más pequeño
y la vida, infinitamente más grande.
Siempre imaginé nuestro encuentro.
Una y otra vez,
En los rincones más silenciosos de mi mente.
Y qué extraño descubrir
que de todas las cosas que imaginé contigo,
la más hermosa resultó ser la más sencilla.
Al final de un día interminable,
cuando tu cuerpo se rendía en la cama,
Y mis brazos rodeaban tu cansancio.
Quizás fue allí
donde estuvimos más cerca de encontrarnos.
Cuando el mundo dejaba de exigirte tanto
y tú, por unos instantes,
dejabas de pertenecerle.
Nunca supe realmente
qué habitaba detrás de tus silencios.
Y yo, que siempre he querido comprenderlo todo,
hice preguntas donde quizás debía guardar silencio.
Tal vez confundí tu silencio con distancia,
y mi deseo de acercarme
terminó alejándote un poco más.
Ahora que no estás,
siento que me he arrojado
desde aquella ventana.
Y mientras caigo,
no pienso en el suelo,
ni en el miedo,
ni siquiera en la posibilidad de volver a subir.
Pienso en aquella cama,
en el silencio de la habitación,
en tus pies buscando los míos
sin que ninguno tuviera que pedirlo.
Y comprendo que, de toda aquella altura,
lo que más voy a extrañar
serán esos pequeños instantes
en los que dejábamos de estar tan lejos,
Cuando tu cansancio encontraba descanso en mis brazos,
y mi corazón encontraba un lugar
donde dejar de buscarte.
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