Hay una hora de la noche
en la que mi vida es una casa vacía
esperando a alguien.
He dejado una luz encendida.
He recogido del suelo mis días.
A veces me acerco a la ventana
sin haber escuchado nada.
Así he esperado el amor.
Así he esperado el triunfo,
la llamada.
Lo he imaginado tantas veces
que hay recuerdos míos
que todavía no han sucedido.
Y después amanece.
Hay que levantarse,
abrir las cortinas,
hacer algo con las manos
mientras el corazón vuelve a preguntar
cuándo.
He visto caer torres
que desde lejos parecían eternas.
He visto a personas salir
de la imagen donde yo las había puesto
y dejarme abrazando el aire.
Yo tenía una forma pensada
para la felicidad.
Sabía por dónde iba a entrar,
qué rostro tendría,
quién estaría conmigo cuando llegara.
Me costó abrir las manos.
Pero estoy cansada.
Hay noches en que se lo digo a Dios
sin buscar palabras bonitas:
estoy cansada,
no entiendo,
hoy me cuesta esperar.
Y después me quedo callada.
Hay un silencio muy profundo
cuando una deja de pedir señales.
Y toca aprender a dejar la silla vacía
sin sentar en ella
al primero que llegue.
Dejar que las personas
terminen de mostrarse,
aunque lo que vea
me obligue a cambiar la historia.
Mi fe sigue conmigo.
Algunas mañanas
apenas me alcanza
para levantarme y abrir las cortinas.
La cuido así,
con ese gesto pequeño,
sin saber cuánto falta.
Esta noche he vuelto a la ventana.
No había nadie.
Me quedé un rato,
sentí el frío en los brazos
y luego fui a acostarme.
Dejé la luz encendida.

1 comentario:
♥️♥️
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